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El día de la madre (que baila tango)

Autor/a: Graciela H. López

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Me niego rotundamente a encarnar el personaje de “LA MADRE”. Al menos no quiero ser esa madre tanguera sacrificada, que lavaba en el piletón, o que era una santa viejita. Sin embargo, algo de eso queda en mi alma, y muy en el fondo sigo teniendo la idea de que debería estar siempre dispuesta para mis hijos, aunque ellos sean grandes, independientes y hagan su propia vida. Sucede que el domingo es el día clave, el día familiar por excelencia, el día en que la madre de toda nuestra historia, cocinaba los ravioles y a su vera se juntaba la familia. Y hoy, además de domingo es el “Día de la Madre” Soy sensible al prejuicio social. Tengo miedo de las críticas: “Fulana dejó a los hijos solos en el día de la madre y se fue a la milonga”. Suena horrible ¿no? Y sin embargo ¡quiero ir a bailar! Amo a mi familia con toda mi alma, pero no “puedo” perderme la milonga, porque allí me divierto, me siento viva y me lleno de entusiasmo para pasar contenta toda mi semana. Mientras en casa, los chicos me dicen “hoja vieja”, en la milonga los hombres me llaman reina, diosa o bombón. Eso, además de abrazarme y bailar conmigo. Es que una cosa es ser madre y otra mujer, aunque todo venga en el mismo envase. Pero como es el día de la madre, este domingo invito a mis hijos a almorzar (aunque pienso que bien podrían invitarme ellos ya que es mi día) Preparo una comida exquisita, decoro la mesa y me fijo que todo esté bien. Les pedí por favor que sean puntuales y lleguen a las 13 hs. a más tardar, porque a la nochecita “tengo” que salir. Mi hijo y la novia llaman a las 14.15 por teléfono para avisar que se están retrasando un poco. Mi hijo menor que aún vive conmigo, todavía no se ha levantado. Intento despertarlo, porque ya son 14.30 pero me mira como si yo hubiera cometido un crimen. Vuelvo al comedor. A las 14.45 llama mi hija y dice que los disculpe porque se quedaron dormidos pero que “están saliendo” para acá. Picoteo un poquito de la comida, como pan, espero. Todo está listo. Son las 15. Pongo un tango para escuchar. Me arreglo el pelo para adelantar tiempo y voy preparando la ropa que me quiero poner para la milonga. A las 15.40 decido servirme la comida y empezar sola. No me importa en absoluto, lo único que quiero es no perderme el baile de la noche que empieza a las 20 hs. Cuando estoy por comer el primer bocado, llegan todos juntos, felices, ruidosos, cariñosos, divinos. Vienen con flores y regalos, pero tardan un rato antes de acomodarse para el almuerzo. Dicen que no tienen apuro, porque recién desayunaron. Sirvo la comida a las cuatro de la tarde. A pesar de la espera está muy rica. Nos reímos, estamos contentos, conversamos, la pasamos muy bien. A las 18 quiero servir el postre, pero mi hijo mayor dice: “¡Pará mamá! ¿Qué apuro tenés? Siempre esa costumbre de sacar los platos en cuanto uno termina. Quedate a conversar” Me quedo. Pienso en mi amiga que me va a pasar a buscar 19.30 h. No voy a tener tiempo para arreglarme. No importa, me pinto en el auto de ella. ¿¡Por qué dios mío, el día de la madre tiene que ser en domingo!? Se instalan en el living como si se fueran a quedar a vivir. Todos están relajados y contentos, ponen música y disfrutan de la charla porque hay tiempo y es domingo. Al final me armo de coraje y lo digo: _ “Chicos, yo me quiero ir un rato a bailar” _ ¡¿Otra vez tango?! dice mi hija ¿Y no podés ir otro día? (Recuerdo vívidamente que el año anterior renuncié a la milonga y ellos se fueron a los 20 minutos, pero no lo digo). En cambio, balbuceo: _ “Si… es decir no… solo puedo hoy” _ ¿Y no podés ir más tarde? _Es que me pasan a buscar en auto, digo, ya con tono de pedirles permiso. _Pero mamá, es un día familiar ¡dejate de joder y por hoy no vayas! ¿¡Pero por qué corno estos pibes no entienden?! Les sirvo otro café y voy disimuladamente al baño a pintarme las uñas. Me siento una desalmada, una mala madre, una loca que lo único que quiere es ir a bailar. ¡Y es verdad! Ahora es lo único que quiero. Son justo 19.30 y veo que mi nuera se ha puesto a lavar los platos. Me abalanzo y le digo que no se preocupe, que deje todo como está, que mañana yo ordeno. Insiste y al final la dejo, que se embrome. Cuando suena el timbre, vuelvo a armarme de valor y anuncio: _ “Chicos, me voy, cierren bien todo cuando se vayan” Todos se quedan sentados y dicen _ “Chau, que te diviertas” pero yo escucho un ligero tono de reproche. Alcanzo a oír a mi hija que dice “¡Lindo día de la madre!” Pero no me importa nada. Por fin voy a la milonga.


Fuente: Cortesía de la autora


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