Noche de tango, luna y misterio (2° parte)

Autor/a: Fernando Murano

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En la mesa que me señaló había un muchacho flaco, medio rubión tirando a coloradito; de pelo apenas crespo, peinado hacia atrás, con amplias entradas en los costados y un pequeño jopo sobre la frente amplia; bigote delgado, cortado a la italiana; cara alargada; calzaba impecable traje negro y zapatos brillosos, lustrados con esmero: facha de galán. Estaba sentado de costado, mirando sin ver, con el brazo derecho apoyado sobre la mesa, cruzado de piernas y tomando una cerveza. No lo acompañaba nadie. Se lo veía tranquilo, pitaba un cigarrillo, parecía disfrutar el momento. Se le acercó un hombre y le susurró algunas palabras al oído. El muchacho, cortés, asintió con una sonrisa, esperó que lo presentaran y luego subió al escenario. Se ubicó delante de la banqueta, sin sentarse, acomodó el micrófono a su altura, golpeó levemente sobre el metal que lo recubría para verificar que funcionase. De las bocinas salió un toc toc grave que confirmó la actividad del receptor. —Tengan ustedes muy buenas noches. Voy a interpretarles un pequeño repertorio que preparé para esta velada especial. Lo dividí en dos actos de cinco piezas cada uno. Para comenzar cantaré un tango al que, como ustedes notarán, he realizado una pequeña modificación de la letra y que va dedicada a los amantes de este barrio. Bueno, si el director lo desea, que suene la música. —¿Este es extranjero, Negro? —A mí no me parece, che. —Y, la verdad que no. El gran momento había llegado. La noche, el barrio, el club, la gente, las luces de colores y los primeros compases emitidos por las viejas bocinas, dieron a luz una velada inolvidable. N “Un pedazo de barrio, allá en Urquiza, durmiéndose al costado del terraplén. Un farol balanceando en la barrera y el misterio de adiós que siembra el tren. Un ladrido de perros a la luna. El amor escondido en un portón. Y los sapos redoblando en la laguna y a lo lejos la voz del bandoneón. Barrio de tango, luna y misterio, calles lejanas, ¡cómo estarán! Viejos amigos que hoy ni recuerdo, ¡qué se habrán hecho, dónde andarán!... ” La voz grave, potente, se deslizaba sin dificultades entre la elegante y vivaz armonía de “Barrio de tango”. Quedé preso de una fascinación sin retorno: la expresividad de aquel fraseo tan particular; la increíble habilidad de repartir armoniosamente en la estrofa su canto afinado. ¡Ay, mamita! ¡Qué manera de recitar mientras cantaba! Qué más le podía pedir a esa gloriosa noche? Valió la pena sufrir durante una semana, para que ahora fuera todo gozo. Pero los ángeles del arrabal me tenían preparada una sorpresa más. Fue en ese momento, mientras sonaba el último rezongo del bandoneón y nos enrojecíamos las manos para premiar al pibe —¡que de verdad la rompía!—, en ese segundo milagroso en que me di vuelta para agradecerle al Negro por haberme llevado, fue ahí cuando la descubrí. Sí, sentada a cinco pasos de mi fracasada vida afectiva, ahí estaba ella con su sonrisa inmaculada, sus cabellos que reflejaban la luna, la hermosura de su rostro, esa hermosura que derritió el témpano que envolvía mi corazón. El pibe, como cómplice pícaro de Cupido, sacudió impiadoso otro flechazo melódico. En un segundo se me habían ido al carajo mis ridículas teorías sentimentales. Me juzgué, ante la belleza de aquella morocha, un estúpido con ínfulas de psicólogo barato. Pero Dios me revelaba que es imposible escribir sobre el amor sin haber amado. Es imposible referirse a él si no experimentaste los trastornos corporales de un encuentro o la angustia que provoca el sólo pensar en la posibilidad de una atracción no correspondida. N “Muñeca, Muñequita papusa, que hablas con zeta, Y que con gracia posta batís mishé, Que con tus aspavientos de pandereta Sos la milonguerita de más chiqué; Trajeada de bacana bailas con corte Y por raro esnobismo tomás frizzé, Y que en un auto camba de sur a norte, Paseas como una dama de gran cachet.” ¡Gracias, muchacho, por haberle puesto a este tango ese acento varonil, vigoroso y atrevido!, porque cuando ella me miró y me sonrió tuve el ímpetu necesario para sostenerme firme en mi propósito. No creo que haya tenido demasiada dificultad en notar que la contemplaba cautivado. Pero aquella risita pícara compartida con sus amigas y esas delicadas mejillas ruborizadas, súbitamente me fueron esquivas. ¡Ay! ¡Qué dolor para mi alma! Cómo soportar aquel desencuentro, aquel impiadoso desaire. Pero la fe sustentada por un tango oportuno y estimulante me arrancó de mi silla. Tan cerca y tan lejos estaba. Tan acompañada y tan sola. Tan inocente y tan fatal. Caminé trastabillando, rezándole a Dios para no ser rechazado. Su fugaz indiferencia, eterna para mi ansiedad, se quebró cuando su hermosura volvió a llenar mis ojos. No dudé, le disparé, veloz, mi invitación formal para bailar: sólo un leve pero decidido cabezazo. El tiempo se detuvo, encajado en una simple determinación. Únicamente escuché la irónica mueca que me arrojaba el destino en la voz varonil de nuestro tanguero: N “Yo no quiero que nadie a mí me diga que de tu dulce vida vos ya me has arrancado. Mi corazón una mentira pide para esperar tu imposible llamado. Yo no quiero que nadie se imagine cómo es de amarga y honda mi eterna soledad, en mi larga noche el minutero muele la pesadilla de su lento tic-tac. Ver su sonrisa resultó un antídoto poderoso para recuperar mi respiración. Se acercó a mí, provocando en mi corazón una sucesión incontenible de latidos alocados. Tomé su mano delicada como el cristal. —Hola —alcancé a decir. —Hola —dijo con su vocecita melodiosa. No pronunciamos más palabras. Roberto interrumpió nuestro primer intercambio: —Quisiera ahora dedicarle esta canción a todos aquellos que todavía creen en el amor. Una canción que el gran Carlitos nos regaló en todo su esplendor. ¡Disfrútenla! —anunció, desvirtuando mi idea acerca de su inoportuna interrupción. N “Acaricia mi ensueño el suave murmullo de tu suspirar. Cómo ríe la vida si tus ojos negros me quieren mirar. Y si es mío el amparo de tu risa leve que es como un cantar, ella aquieta mi herida, todo, todo se olvida… Desde el primer movimiento fuimos un solo cuerpo desplazándose prodigiosamente al compás de “La noche que me quieras”. No quebramos con palabras la pasión que había en nuestras miradas. Pude sentir su jadeo perturbador, disfrutar del aroma sensual de su perfume, conocer la profundidad de aquellos hermosos ojos, dejarme seducir por sus labios, cautivarme con sus cabellos oscuros y sedosos, trastornarme por la sinuosidad de su figura. Pensaba sólo en amarla y ser correspondido. Pero… ¿cómo ir tan rápido? ¿Se puede amar a alguien en tan pocos minutos? ¿Se puede amar a alguien para siempre? ¿Cómo enfrentarse a una decepción habiendo amado de esa manera? N La noche que me quieras desde el azul del cielo, las estrellas celosas nos mirarán pasar. Y un rayo misterioso hará nido en tu pelo, luciérnagas curiosas que verán que eres mi consuelo. ¡Qué importa! El amor es así, irracional, pasional, inesperado. Es una química insospechada entre los seres, una mezcla de espíritus que emerge desde lo profundo de sus existencias. ¡Qué importa si ese momento dura segundos! Es la intensidad, la lozanía, la transparencia lo que le da su valor y su inmortalidad. N “El día que me quieras no habrá más que armonía. Será clara la aurora y alegre el manantial… Esa noche de trama impensada en su comienzo, selló mi vida con tres amores que perdurarían inmunes al paso de los años. Nada hubiera sido posible sin el marco adecuado, no habría magia sin esa velada en el “Sin rumbo”. No me habría enamorado de Malena de no haber sido por la ayuda de aquel pibe cantor, que supo guiarme, aconsejarme y regalarme los tangos más oportunos que artista alguno haya entonado a favor del nacimiento de un amor eterno. Cómo no quedar agradecido de aquella voz que puso en cada estrofa un hondo sentimiento, la pintura arrabalera y el semblante compadrito. Cómo no agradecer a aquel inesperado intérprete extranjero... ¿Extranjero? ¡No! Bien porteño. ¡Gracias, Polaco! Chan chan

Fuente: www.fernandomurano.blogspot.com/2008/10/noche-de-tango.html


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