El abrazo

Autor/a: Mariana Docampo

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A mis veinticuatro años, tuve una crisis emocional que yo misma titulé “ataque de pánico”. Si bien se prolongó por mucho tiempo, sus horas de mayor rimbombancia coincidieron con la duración del efecto del primer y último porro de marihuana que fumé en mi vida. Grande y entero, sin antecedentes en mi historia personal, este porro me disparó visiones temibles. La amiga que me acompañaba (estábamos de vacaciones en Cabo Polonio, en su época de esplendor hippi), más experta que yo en este terreno, pero incauta, y ante mi reacción de llanto incontenible, para calmarme, me dijo: “pensá en algo lindo, Mariana, porque el efecto del porro sigue la dirección de lo que pensás, lo agranda, lo intensifica” (las dos éramos estudiantes de Letras en la UBA). Y con desesperación, me puse a seleccionar imágenes en mi cabeza tratando de esquivar los monstruos que la amenazaban. Por fin di con la imagen: era yo misma abrazada a un señor en la milonga, con el que me gustaba bailar. Y en ese momento de total desamparo, ese recuerdo, que era también un deseo, me calmó. Y no exagero. Fue así que pude dormir esa noche, y las siguientes. Entendí que el tango era mi posibilidad. Hay algo que diferencia al tango de todas las otras danzas que conozco, tal vez lo único específico: el abrazo. Que no es un simple contacto físico sino un encuentro sincero a partir del cual dos cuerpos comienzan a desplazarse juntos. Es en el abrazo que se inicia el baile. Ni antes ni después. En ese instante, y de manera intuitiva, comienzan a decodificarse las posibilidades de movimiento con el compañerx. Este momento, que es un principio, implica una entrega tan íntima y tan honda al propio cuerpo y al de la otra persona, que pueden asaltarnos emociones imprevistas. Desde la sexualidad irrefrenable hasta la indiferencia, el rechazo, la calma, la nostalgia, la impaciencia, o la alegría. El abrazo da lugar a otro elemento diferencial de esta danza: la improvisación. Los desplazamientos no surgen de una coreografía previamente estudiada, sino que se van componiendo en el momento. Un paso se combina con el otro, y si bien quien lleva es responsable de las combinaciones, éstas dependen de una cantidad de factores que afectan el momento del baile: las proporciones de los cuerpos, su destreza, el espacio de la pista, la cantidad de parejas que bailan simultáneamente, la música, los zapatos, la vestimenta, la mirada de quienes están alrededor. Aclaro que la improvisación se realiza sobre ciertas pautas previas. Hay movimientos específicos en el tango: caminata, ochos, giros, barridas, boleos, planeos, sacadas. Esos movimientos se aprenden individualmente o en secuencias en las clases. Hay una técnica que prepara los cuerpos para que puedan entregarse a la improvisación. Pero antes de alcanzar esta técnica y convertirnos en bailarinxs, en el principio, y una vez y para siempre, está el abrazo. Tal vez se deba al abrazo, y a las emociones que éste suscita, el éxito del tango en el mundo. Ir a “milonguear” no es un mero entretenimiento, una oportunidad de sociabilización o de ejercicio, (aunque sea, además, todas esas cosas), bailar tango en una milonga es un encuentro físico y emocional pautado por una cantidad de códigos que permiten un tipo de entrega que yo no experimenté hasta ahora en ninguna otra área de mi vida. En mi primer año como profesora de tango, llegó a mi puerta un alumno de una pequeña ciudad de Noruega llamada Otta. Era un hombre de unos sesenta años, heterosexual, ingeniero, muy retraído. Yo estaba empezando y mis clases eran baratas. Este alumno era un hombre sombrío a primera vista, y por esa razón no me caía bien. Necesitaba de todo, por empezar, un corazón. Lo entendí de entrada, cuando me apoyé en su pecho frío. Tuve la sensación de que no estaba acostumbrado a los días de sol, ni al contacto físico. Creo que porque fui educada en la moral católica, me apiadé de él de inmediato, y a pesar de mi desagrado quise ayudarlo. Entendí enseguida que mi clase no serviría para nada si no comenzaba a circular sangre en ese cuerpo, y me ofrecí sin previsiones para que se encendiera –al menos– una débil llama en él. Fue una experiencia dramática. Recuerdo que hacia el final de la clase sus manos estaban tibias, también el pecho, más receptivo, tenía una sonrisa en la cara. Y yo estaba exhausta, vampirizada. Me enfermé. Nunca más. Tal vez el bienestar le haya durado algunas horas y para mí fue fulminante. Como escuché que decía en una clase, con impaciencia, un reconocido maestro de tango a un joven caballero que manifestaba cierta dificultad para la entrega: “Si no te entregás no podés bailar”. Se requieren muchos años de profesión para aceptar que no todas las personas pueden bailar tango y que esta posibilidad depende, únicamente, de que quien baila esté dispuesto al abrazo.

Fuente: Capitulo 1 “Tango Queer Buenos Aires”


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