Una cita impostergable

Autor/a: Daniel Rezk

photo
Hace muchos años que vive solo en su estrecho departamento. A sus hijos y nietos -por fuera de la diaria comunicación telefónica- los ve una vez por semana para almorzar e intercambiar las escasas novedades familiares y barriales. En esos encuentros se siente querido y respetado, pero sabe -porque es un hombre realista y sensible- que su figura y opiniones han perdido importancia en el clima familiar. Los hijos y las nueras tienen intereses y preocupaciones más actuales y acuciantes que sus anécdotas de un pasado que les es ajeno y desconocido. Esta circunstancia no lo hiere ni lo ofende, al contrario. La acepta como un hecho natural de la vida y reconoce que alguna vez él tuvo la centralidad que hoy tienen sus hijos, y sus padres el cariño y el reconocimiento que hoy disfruta él. La vida es circular y en algunas cosas hasta tiene lógica. Después del café y la sobremesa, la infaltable siesta dominguera pone en acto -y denuncia- su lugar y el de los otros: él duerme mientras los demás van a pasear. En su casa, a solas, más por desidia y desinterés que por estrechez económica, fue opacando sus costumbres y empobreciendo sus ropas: la bata deshilachada suplantó a la elegante camisa de algodón impecablemente planchada, y un café con leche en lugar del plato caliente es la apurada cena. Una foto de la finada en la mesita de luz hace equilibrio entre el multicolor conjunto de pastillas. En esta escena él parece un mueble más: así de silencioso y oscuro. Sin embargo -en secreto y a escondidas de sus hijos y nueras- él tiene una actividad que no negocia (salvo -tal vez- por una actividad con los nietos): dos o tres noches por semana, después de enjuagar la taza y secarse lentamente las manos, se pone su mejor traje y enfila para la milonga. Allí lo esperan "los muchachos y las chicas" para bailar, reír y -¿por qué no?- soñar. En ese lugar su rol es otro. Es elogiado por su cadencia al bailar el vals, por su buen humor y porque sabe reconocer a la mayoría de las orquestas (las chicas y los muchachos lo consultan a él para resolver dudas). Al mismo tiempo disfruta de las anécdotas jocosas de sus amigos y chamuya malamente en francés con alguna turista. Y ahora -además- descubrió -para su asombro e interés- que Teresa, la que quiere aprender traspié, se crió en la misma cuadra que él. Todavía no la ubica con precisión en sus recuerdos, pero sospecha que es la rubiecita que andaba en bici y usaba ortodoncia... -"iQué linda que está!... Le voy a preguntar si me recuerda..."- ¿Se entiende?, La milonga es una explosión de brillo y de color en medio de una vida sepia.. .

Fuente: www.lacachilatango.com/index.php/historias/44-una-cita-impostergable


Publicaciones anteriores