Mozo, una tanda por favor

Autor/a: Rubén Moreno

photo
Cupido es aquel ángel, un poco diablillo, que suele divagar por las milongas en busca de oportunidades. Oportunidades que suele encontrar en abrazos donde los pensamientos, lógicos y razonables, dejan de tener sentido. Era una tarde de Domingo. Emprendí mi viaje desesperado desde Vicente López hacia la capital porteña con un solo propósito, el de entregarme a la lujuria de la danza. Esa danza donde las almas se funden en un abrazo, donde la pasión brota por los poros para dar paso al éxtasis, esa danza que suele convertirse en una droga. Solo aquellos que lo viven en carne propia pueden entender a los devotos que peregrinamos ante el altar de nuestro dios llamado tango. Esa música viviente, ese danzar de espíritus que deambula por las milongas para encontrar, en ese lugar sin tiempo, aquel néctar que alimente nuestros días. Ese ensueño que nos acuna en los brazos de una mujer, o de un hombre, para visitar la estratosfera, conversar con las estrellas, recitarles un poema, rozar la mano de Dios y, solo así, decidir volver a la tierra. Era una tarde de invierno. Llegué a la milonga un poco angustiado, ya que solo tenía dos horas para encontrarme con algún alma gemela que me diera su último aliento en un suspiro. Agonizante, como quien llega desde el desierto, observé la pista y desde lejos pude divisar una figura celestial. Su imagen de Afrodita encandiló mis sentidos. Invitarla a bailar sería como pretender que el universo me mirase a los ojos y dentro de sus infinitas posibilidades me diera un si como respuesta. El temor estaba dentro de mí y espere toda una tanda. Me acerqué a ella de forma disimulada, como todo milonguero, y esperé. La música comenzó a sonar. Pugliese & Maciel, “Esta noche de luna”. El tumulto de gente no dejaba que mi mirada fuese tan intimidante y hacía que mis intenciones llegaran en forma distorsionada hasta que, por mi insistencia, ella me miró y en centésimas de segundos nos invitamos a bailar. Mi corazón, ya calmo, sabía que tenía una oportunidad ganada. La pista estaba apretada y ese reclamo de nuestros brazos para encontrarnos instó a nuestro acercamiento. Fue el momento en el que el tiempo se detuvo para sentir que el mundo se había puesto a nuestros pies. Volvía esa sensación que acallaba todas las voces perturbadoras de mi mente y la profecía del abrazo prometedor se había adueñado de nosotros. La gloria de los desposeídos nos visitaba y el olor a jazmines robados del algún amor perdido acariciaba mis sueños de paraíso terrenal. Entonces, solo entonces, desplegamos nuestras alas y comenzamos a volar. Nada parecía casual. Los astros nos regalaban su silencio y la música acosadora comenzaba a circular por nuestras venas. En un abrir y cerrar de ojos nuestro primer viaje culminó. Ella no tomo distancia, quedó imantada a mi pecho compungido de emoción. Quedé inmóvil, deseando que ese sueño no acabara y así quedarnos unidos, perplejos, inmutos. Fue ese momento donde apareció aquel cupido que merodeaba en el salón y sin medir consecuencias, de un solo flechazo, dio con su tiro sin perdón. Todas mis vidas pasadas me visitaron. Sentí como mis latidos, violentos, golpeaban mi pecho esperando romperlo para entregarse de lleno el corazón. El segundo tango comenzó. Mis pasos estaban llenos de temor, ese temor deseoso de sentir, y mis manos, pretendiendo tomar una pequeña distancia, cedieron el abrazo, lentamente. Entonces pude ver sus ojos, su mirada, penetrantes y delicada, sus labios color rojo fulgor. Todo hacia posible escuchar el canto celestial de los ángeles y a lo lejos las trompetas de Jericó. Nuestros torsos buscaron unirse nuevamente. Cada tango marcaba un final abierto, una agonía de almas deseosas de amor. En un instante la tanda terminó. El silencio sepulcral se apoderó del todo y pude sentir la herida del abrazo que comenzaba a desaparecer entre medio de los dos. Ella me miró, sonrió y me dijo… gracias, y así dejó abierta la tumba y me arrojó. Cupido y yo nos miramos, como reclamándonos, como buscando un culpable, sin querer aceptar aquella derrota, aquel distanciamiento, aquel sueño roto, aquellas fallas del amor. Desde entonces, cupido y yo, seguimos vagando en las milongas en busca de ese abrazo, que cada tanto, solo cada tanto, aparece como un flechazo que va directo al corazón.

Fuente: Cortesía de Rubén Moreno


Publicaciones anteriores